Trauma y Olfato
07/02/2025

Déjame que te cuente un poco, cómo están relacionados el trauma y el olfato.

En la nariz tenemos unos veinticinco millones de células receptoras, que traducen cada aroma en actividad eléctrica.
Esta actividad eléctrica es transportada por los nervios olfativos al bulbo olfatorio.

De los cinco sentidos exteroceptivos: oído, vista, tacto, gusto y olfato, a éste último le sucede algo que no le sucede a los demás: la información que recoge NO PASA POR EL TÁLAMO.

Me extiendo un poquito más. Estate atenta…

Toda la información sensorial pasa por una primera “estación”: el Tálamo. Bessel Van Der Kolk lo describe en su libro “El cuerpo lleva la cuenta” como “el cocinero” del cerebro.
El Tálamo aporta coherencia a todo ese material percibido; hace con él una mezcla que podamos asumir e integrar.

Una vez ha hecho su trabajo pasa ese “bolo” a la Amígdala, nuestra “central de alarmas” particular, que identifica si la información entrante es relevante para nuestra supervivencia, colaborando con el Hipocampo, nuestra “hemeroteca”, el centro de nuestra memoria, conectando lo que le ofrece la amígdala con experiencias pasadas.

Todo esto en una fracción tan pequeña de tiempo, que ni siquiera somos conscientes de lo que está pasando.

Como la información que nos llega a través del olfato no pasa por el Tálamo, digamos que llega a la amígdala un maremoto de datos sin procesar.

A lo loco.

La amígdala, mientras el hipocampo no le da referencias, ante un aroma nuevo frunce el ceño y le sale “la gallega” que lleva dentro: desconfía de todo. Por si las moscas, manda un mensaje al Hipotálamo y al Tronco Cerebral, preparando al Sistema Nervioso para una cascada de cortisol y adrenalina, no vaya a ser que le hagan falta al cuerpo en el caso de que haya que huir o luchar ante una amenaza. Esto se traduce en un aumento del ritmo cardíaco, de la presión sanguínea y el ritmo respiratorio.
Mucha energía para nuestros músculos, tendones, etc.

Insisto, todo esto es inconsciente. Por supervivencia de la especie, primero reaccionamos, luego pensamos racionalmente.

Si todo va bien, y el Hipocampo vincula el aroma con experiencias de no peligro, nuestros Lóbulos Frontales (que nos ofrecen perspectiva) nos ayudan a darnos cuenta de lo que está pasando y nos permitirán analizar la situación e INHIBIR organizar y modular nuestras reacciones.

Esto nos permite preservar las relaciones con el resto de seres humanos.
Una chulada, verdad? 😍

Qué importante es nuestra capacidad para pensar conscientemente, que nos permite restaurar el equilibrio y calmar la respuesta de nuestra Amígdala, la central de alarmas!

Pero ahora se sabe que esa inhibición, esa capacidad para frenar el crecimiento exponencial del centro de emergencia de nuestro cerebro, no sólo está en manos de nuestro cerebro racional. También está en manos de nuestro olfato, el sentido más arcaico del ser humano.

¿Sabías que la enfermedad de alzheimer suele conllevar la pérdida de olfato en sus primeras etapas?

¿Y sabias que ante una depresión tratada con éxito, el bulbo olfatorio recupera su tamaño y con él su función inhibidora?

¿Sabías que si el tamaño del bulbo olfatorio aumenta, disminuye el de la amígdala y viceversa?

Ante un entorno desconocido, cuando la incertidumbre se mastica, nuestro bulbo aumenta su tamaño para captar más información y que la amígdala tenga más con que trabajar, pero también más tiempo para poder reaccionar en el caso de que sea necesario.

Algunos olores nos provocan una reacción de ansiedad o huída, mientras que otros nos calman o nos generan bienestar. El mismo aroma, de hecho, puede causar respuestas distintas en diferentes personas, e incluso a la misma persona, según el momento de vida que esté experimentando.

En trauma, aumenta el riesgo de malinterpretar si una situación es peligrosa o no, provocando estados de alerta continuos, arrebatos y bloqueos. Los impulsos, sobresaltos, enfados intensos, parálisis, problemas de sueño, hipersensibilización o hiposensibilización y un larguísimo etc, pueden estar a la orden del día, llegando a obviarlas, invisibilizarlas o percibirlas como “lo normal”.

Si estamos más atentos a sobrevivir, nuestra energía se centra en huir o luchar, si no en paralizarnos o colapsarnos, en vez de a vincularnos, a conectar con un otro y experimentar de forma completa la sensación de pertenencia y seguridad.

El trauma es atemporal; nuestro cuerpo va a responder de la misma forma que lo hizo en el momento que se enraizó, mientras vivíamos el evento traumático, aunque este sucediese hace 30 años.
Nuestro cuerpo quiere recuperarse e integrar de una vez por todas todo ese material sin metabolizar, pero es casi imposible sin ayuda.
Mientras tanto, toda la intensidad emocional experimentada en el evento traumático se “ancla” a los distintos elementos que rodean a la experiencia: imágenes concretas, palabras y/o frases, sonidos, cómo estaba colocado nuestro cuerpo o el cuerpo del otro (si hay otra figura, especialmente cuando es relevante) y, muy especialmente, a los olores que encuadran todo esto.

El cerebro no hace eso por joder. Lo hace para evitar que la experiencia se repita. Nos deja migas de pan para reconocer el camino que no debemos volver a recorrer.

Estos elementos se pueden convertir en disparadores, en gatillos que detonen otra vez todas las sensaciones corporales que aquella vez se dieron, con el mismo caudal de intensidad emocional, con la misma sensación de abrumación y pérdida de agencia, la sensación de estar a cargo de nuestra vida.

Trabajar y enseñar aromaterapia, divulgar incluso sobre aceites esenciales, cuya razón de ser está ligada específicamente al sentido del olfato, tan intimísimamente ligado a posibles expresiones traumáticas, no debe tomarse a la ligera.

Esto no va de la típica frase, ya tan manida, de “los aromas (y por tanto los aceites esenciales) están implicados en la regulación emocional”. Cualquiera que tenga la cara de vender aceites esenciales o un curso sobre psicoaromaterapia con una frase así y quedarse tan ancha, me parece, como poco, una irresponsable.

Los aceites esenciales son como una piedra en un estanque: una vez entran, ya nada es lo mismo, y su entrada en él no es inocua ni banal. Un elemento nuevo en el océano, por pequeño que sea, puede hacer que un ecosistema cambie por completo, puede hacerlo desaparecer o, por el contrario, hacer que multiplique su tamaño, forma y color.

Debemos tratar con los aceites esenciales como este elemento nuevo: con muchísimo respeto, cuidado, humildad y atención, y tener claro en todo momento que con lo que estamos trabajando, principalmente, es con un ser humano con unas heridas internas, y que aunque algunas estén a la vista, la gran mayoría no son tan evidentes y están muy bien flanqueadas, protegidas y defendidas.

Echando balones contra mi propio tejado, los aceites esenciales, con la alta concentración de partículas aromáticas y principio activo que los conforman, y sabiendo lo que se sabe sobre su específica implicación en áreas especialmente relevantes del cerebro que se ven dañadas por trauma, deberían estar limitados exclusivamente a profesionales cualificados de la salud mental, o a terapeutas con una buena cantidad de horas de vuelo en su haber, que además estén supervisados, hayan hecho su propio proceso personal y tengan un mínimo de conocimiento sobre trauma.

Poca broma.

No me cansaré de reivindicar la responsabilidad terapéutica, en este caso con el uso de esta herramienta, que cada vez veo más comprometida, romantizada y prostituida, llevando a trabajar con ella desde una banalidad y descuido que lo único que se consigue es devaluarla más por momentos y hacer daño más que a ayudar, aunque la intención sea buena.

Ya no hablo de la escasez de conciencia ecológica y la falta de pensamiento crítico.

Esto me deja perpleja.

En fin. Hasta aquí la chapa.
Espero que te haya gustado o, por lo menos, que te haya entretenido un poco o, incluso mejor, te haya invitado a reflexionar.

Un abraciño,
Sabela Cea.
Una psicoaromaterapeuta reivindicativa y honestamente imperfecta ✊